Soy más de primavera o de otoño, pero el verano me encanta y la verdad es que ya lo echo de menos.
Por unas cosas o por otras, todavía no he ido a la playa y ese rumor del mar me llama desde hace unas semanas... cómo lo echo de menos!
Me gustan las tardes largas, con sus anocheceres cálidos, poca ropa y cielo estrellado... ya están aquí.
En otras épocas, que quedan atrás en el tiempo, cuando llegaba junio saltábamos de alegría porque llegaban las vacaciones. Las vacaciones de verano, cuando eres un niño.... no son ninguna tontería, son algo grande, nos trasforma, nos hace vivir cosas que nunca olvidaremos. Esos tres meses, son más importantes que los nueve restantes.
Cuando llegas a la universidad, junio se convierte en un mes infernal, una reválida en la que demostrar lo útil que ha sido el año,lo que has trabajado y, sin duda, en junio, de lo más que te acuerdas es de... septiembre.
Cuando entras en el mundo laboral... junio... es un mes más. Ya no hay vacaciones eternas, ya no hay exámenes (o los hay, pero a diario). Deseas tener tus semanas de vacaciones, pero junio deja de ser lo que era.
Todavía veo las vacaciones lejanas, pero estoy deseando poder quedarme en la playa, mientras veo la puesta de sol desde la orilla, sus últimos brillos sobre la ría y el vacío que va quedando poco a poco en la arena. Para mi, eso es paz, es relajación, es lo que me reactiva....falta poco.
Llega Junio, llega el verano, llegan los recuerdos de otros veranos...
La foto no es mía... pero es Vigo