Hace un mes me mudé y desde entonces ronda esta entrada por mi cabeza.
Una mudanza puede significar muchas cosas, la principal y evidente es un cambio de domicilio, pero en ciertas ocasiones también un cambio de vida, de rutinas, bien sea un cambio obligado o un cambio voluntario. A veces uno cambia para romper con el pasado y otras cambia por evolucionar y mejorar lo que ya tiene. Todo cambio tiene sus cosas buenas y sus cosas menos buenas.
La verdad es que soy un poco Willy Fogg, ya que me he mudado mil veces ya, en varios casos a otra provincia (menudo coñazo) y en otras ocasiones, como la actual, a un sitio cercano.
Esta última mudanza ha sido más sencilla, ya que no suponía un trastorno personal demasiado grande, más allá del empaquetar y trasladar, pero no por ello me ha dejado indiferente.
El caso es que en una mudanza siempre aparecen retales del pasado de cada uno, en dónde menos te lo esperas y acabas pensando más de lo que es aconsejable, acaba convirtiéndose en un momento de análisis, de reflexión y de eso, uno nunca sale indemne.
Es inevitable que te encuentres con alguna foto, algún libro, algún cd, incluso alguna prenda que evoca tiempos pasados, buenos o no tan buenos, pero que por instante te trasladan en el tiempo y provocan una sonrisa y o una mueca de tristeza en tu rostro.
En esta ocasión ha sido alguna foto, incluso alguna carta, una entrada del cine, la que me ha hecho volver la mirada atrás en el tiempo y uno, que es un nostálgico... pues ya se sabe, acabé un poquillo de bajón... hasta el día siguiente, claro, porque como me encanta mi nuevo piso, pues ahora estoy tan feliz.
Tomándolo por el lado positivo, cambiar de rutinas por vivir en otro sitio distinto, también supone una nueva oportunidad para poder resetear el disco duro y plantearse nuevas cosas, así que, que llegue pronto la primavera, los días más largos, el calorcillo del atardecer y que salga el sol.