Tirado en la toalla, después de salir de un buen baño, secándome al sol con los ojos cerrados y mientras escucho el sonido de las olas al morir en la arena, las múltiples conversaciones de aquellos que están en la cercanía de mi trozo de arena y mientras noto cómo mi piel se va calentando poco a poco, mientras saboreo la sal que ha quedado en mis labios… sin duda uno de mis momentos favoritos.
Mientras disfruto de estos momentos tan especiales, me incorporo en la toalla y veo alrededor. Es una playa más grande que a la que suelo ir, hay bastante gente, se nota que es sábado y mucha de ella está paseando por la orilla, conversando sobre lo humano y lo divino y sobre vete tú a saber qué.
Viendo a toda esa gente, caminando por la orilla o bien tirados en su toalla, caigo en que todos son iguales. Todos somos iguales.
En bañador o bikini, no hay diferencias entre nosotros, más que las físicas.
Se entremezclan abogados con parados, médicos con panaderos, notarios con mecánicos, estudiantes con profesores… pero a simple vista no se distinguen, todos somos iguales.
Me gusta que la playa nos iguale, elimine las diferencias sociales y nos deje a todos al mismo nivel. Después cada uno se pondrá su ropa de calle, se irá en su coche, que alguno será muy caro, otro será de decimoquinta mano; volverán a sus casas, unas de alquiler, otras serán unos tremendos chalets con 15 baños; unos cenarán en casa las sobras de la comida de mediodía, otros se irán a cenar a un lujoso restaurante costero, pero en la arena… todos somos iguales.
Si en la playa cobrasen entrada, todo sería distinto. Las habría exclusivas, con un precio prohibitivo para que sólo las clases pudientes entrasen. Las habría low cost, para aquellos que buscan el paquete económico y las habría gratuitas, en dónde se refrescaría el pueblo llano o aquellos que no tienen recursos… afortunadamente las cosas no son así y todos, absolutamente todos, tenemos derecho a bañarnos, a nadar, a tostarnos al sol o disfrutar de la lectura debajo de una sombrilla, sin pensar en nuestra condición social, sin darnos cuenta de si el que está al lado leyendo el periódico es un dentista o un desempleado, sin que nadie sea más que nadie, sin que unos estén por encima de otros.
Qué mundo tan distinto sería aquel en el que todos tuviésemos que ir desnudos, sin que por nuestra forma de vestir o por el tipo de prendas que usásemos, nos etiquetaran. Nuestra vestimenta nos clasifica, muestra al exterior mucho de nuestra personalidad, de nuestros gustos, de nuestro trabajo, de nuestras posibilidades económicas… desnudos, eso no existiría. Por eso la playa es un lugar especial, en el cual nos despojamos de muchas de nuestras etiquetas y nos diluimos entre el resto de la gente.
Me gusta la playa, me encanta, allí en dónde todos somos iguales.